Contra el agandaye
Luis González de Alba
Nexos / Abril de 2009
Por esto, porque nos han maniatado, los ciudadanos debemos anular nuestro voto, pedir el recuento de los insultos puestos en las boletas o, simplemente, no votar. En 1976, no tener otro candidato frente a López Portillo, hizo pensar al PRI que debería permitir una mayor expresión ciudadana, y así dieron inicio las reformas electorales culminadas en 20 años y que hoy vemos en peligro. Quizá los partidos recapaciten ante urnas vacías. Quizá no, y debamos recurrir a instancias internacionales.
FUENTE: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=276
Genealogía del abstencionismo
José Antonio Crespo
Nexos / Abril de 2009
Así, su abstención podría constituirse como un fuerte indicador de rechazo, imposible de ignorar por los partidos o la opinión pública. Y en esa medida, generar una presión eficaz sobre los partidos mismos. Quienes no desean votar por ningún partido (por razones emotivas o estratégicas), pero consideran que asistir a las urnas constituye más un deber cívico que un derecho político, podrían encontrar un punto de conciliación concurriendo a la urna para anular deliberadamente su voto. Es una opción racional ante ese dilema.
FUENTE: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=281

La corrupción invicta
Enrique Serna
Nexos / Abril de 2009
Si de verdad fuéramos una sociedad aguerrida, participativa y despierta, ya hubiéramos aplastado hace tiempo a las víboras y tepocatas que Vicente Fox no se atrevió a rozar con el empeine de sus botas vaqueras. Pero en vez de quitarles poder las hemos fortalecido. Desde el cambio de régimen, la libertad de expresión conquistada en arduas batallas civiles nos ha permitido conocer puntualmente los sobornos devengados por el Niño Verde, los flagrantes latrocinios de Arturo Montiel, el quebranto financiero provocado por la evasión fiscal en la venta de Banamex, los desfalcos y las matanzas de Ulises Ruiz en Oaxaca, las trácalas inmobiliarias de la familia Bribiesca, la complicidad de Mario Marín con Kamel Nacif en el secuestro de Lydia Cacho, las onerosas dádivas de Elba Esther a su camarilla de líderes regionales, el reparto de notarías de Arturo Moreira a los miembros de su gabinete, y un larguísimo etcétera, pero ninguno de esos escándalos ha tenido ni tendrá consecuencias penales.
FUENTE: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=280
Un gesto inútil
José Woldenberg
Nexos / Abril de 2009
1. La participación electoral a nivel federal viene descendiendo de manera constante desde 1991, primera elección que organizó el Instituto Federal Electoral. Ese año dejó de ir a las urnas el 34.06% de los electores. Seis años después, en 1997, la abstención subió a 42.31% y en el 2003 llegó hasta 58.32%.Si observamos los datos de las elecciones generales, en las cuales se elige presidente, senadores y diputados, la tendencia es similar, aunque la participación es más alta. En 1994 no fue a las urnas sólo el 22.45% de los electores potenciales, en 2000, el porcentaje subió a 36.34%, y en 2006 arribó al 41.81%.
FUENTE: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=277

Somos mayoría
Claudia Ruiz Arriola
Reforma / 24 May. 09
Basta considerar algunas estadísticas para darse cuenta de que se ha conformado una gran mayoría que está harta de ver cómo los políticos permiten que se desplome la economía, la seguridad y la justicia
Decía Unamuno que en el mundo hay dos tipos de personas: las que todavía buscan y las que creen haber encontrado. Algo similar ocurre en política, donde los ciudadanos podemos dividirnos en dos grupos.
Según la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas (Encup), de un lado está el 4 por ciento que todavía cree en alguna ideología, caudillo o mesías, por lo que milita en un partido, acude a los mítines de sus héroes y está dispuesto a darles su voto. Del otro lado estamos el 96 por ciento de ciudadanos (¡96!) que tenemos claro que las "diferencias" entre los partidos y sus candidatos son sólo epidérmicas, pues la única "ideología" de la que es capaz la clase política mexicana es la demagogia, la transa y la conveniencia personal.
Este segundo grupo, que está harto de ver cómo elecciones van y elecciones vienen, y que la seguridad, la economía, la legalidad y la justicia siguen desplomándose mientras los diputados, senadores, jueces, presidentes, alcaldes y gobernadores se despachan del erario con la cuchara grande y -no conformes con ello- se convierten en socios y patrocinadores de todo tipo de delitos y fraudes, es mayoría. Basta ver las estadísticas del abstencionismo del 2006 (41 por ciento), analizar los resultados de las encuestas de credibilidad o escuchar las quejas del mexicano promedio, para darse cuenta de que somos mayoría.
En este grupo militamos quienes ya sabemos que los buenos propósitos de los políticos -tipo "adelgazar el gasto del Congreso"- duran lo que la dieta de la semana; quienes consideramos una grotesca burla que los dirigentes de los partidos nos digan que "harán todo lo posible" para que no se les cuelen narcos y cleptómanas de supermercado a los cargos públicos; los que estamos hartos de ver cómo la justicia se vende al mejor postor, cómo los custodios de los penales traicionan a la patria, cómo los secuestradores extorsionan y matan con la total anuencia de jueces corruptos y corporaciones policiacas infiltradas; también estamos los que consideramos que el trabajo honesto -y no el odio de clases- es la solución a nuestros problemas. Y somos mayoría.
Desgraciadamente somos una mayoría complaciente, comodona, apática y pusilánime (¿algo más que se me olvide?). Salimos, si bien nos va, a votar o a marchar una vez al año; nos quejamos en la sobremesa con nuestros parientes y cuates abonando al clima de desilusión e impotencia que nos permite excusarnos de tratar de hacer algo por el país (se nos olvida la estrategia yugoslava: quéjate con alguien que pueda ayudarte); nos burlamos, desconfiamos o descalificamos de antemano los tímidos intentos de organizar la sociedad civil al margen de los caciques y sus partidos; desoímos los llamados de solidaridad para proteger a los institutos ciudadanos (IFAI, IFE) de los que depende la buena marcha de la democracia. Al parecer estamos hartos, pero no lo suficiente como para hacer algo. Y ésa es nuestra perdición.
Porque somos mayoría a la hora de quejarnos, pero minoría a la hora de exigir cambios con seriedad, ahínco y perseverancia. Estamos hartos a la hora de criticar, pero a la hora de proponer se apodera de nosotros esa conducta que -según Alexis de Tocqueville- es propia de siervos y esclavos, no de ciudadanos: "se sienten deseos, pesares, penas y alegrías que no producen nada visible ni duradero, como esas pasiones de senectud que no conducen más que a la impotencia (...) todos sienten el mal, pero nadie tiene el valor y la energía necesarios para buscar el bien" (La democracia en América, vol. 1).
Se nos olvida que las insólitas dimisiones que se están dando en Inglaterra debido a los (para nosotros) miniabusos del Parlamento no responden a la decencia de los políticos británicos, sino a la nula tolerancia de los electores ingleses con partidos y políticos abusivos.
En este triste panorama aparecen, cual brotes de tierna hierba en el pavimento, un par de iniciativas ciudadanas que vale la pena considerar para hacer sentir el peso de nuestro hartazgo en las próximas elecciones: uno de estos movimientos pide simplemente que vayamos a votar vestidos de blanco en señal de rechazo a los colores partidistas, a la inseguridad y al cinismo que vivimos; el otro solicita dar a los políticos nulos una cucharada de su propio chocolate y, en vez abstenernos (lo que sería apatía), anular el voto a modo de rechazo activo y deliberado a todos los cárteles políticos que se adulan llamándose partidos.
Es cierto que ninguno de los dos movimientos va a lograr de golpe y porrazo que los políticos se conviertan en dechados de virtud (para eso se necesita un milagro marca Yahvé), pero es igualmente ingenuo pensar que el cambio va a iniciar con ellos. El cambio inicia con nosotros. Y estas iniciativas convierten las próximas elecciones en un reto para demostrar si nuestro hartazgo es lo suficientemente profundo para generar la masa crítica de ciudadanos que el país necesita o si, pese a las pestes que a diario les echamos, los mexicanos somos los felices lacayos de nuestros prepotentes amos.
FUENTE: http://www.reforma.com/editoriales/nacional/500/999142/
Una propuesta para las elecciones
Octavio Rodríguez Araujo
La Jornada / 22-05-09
En días pasados un ex alumno de posgrado, Tonatiuh T. González V., me envió una propuesta atendible para las próximas elecciones. No la cito en su totalidad porque es extensa, pero sí algunas de sus partes sustantivas.
Tonatiuh partió de una consideración insoslayable en estos tiempos: que hay descontento más o menos generalizado hacia los políticos y sus partidos. Y añadió: “Varios analistas políticos han defendido el derecho de los electores a anular el voto para mostrar su inconformidad, mientras que otros advierten que no se puede ignorar la realidad, ya que algún candidato ganará para posteriormente [ser representante], al mismo tiempo que la anulación, al igual que sucede con la abstención, iría en beneficio de algunos partidos y en detrimento de otros.” Y propuso otra opción: “Los electores mexicanos podrían ir a votar por el candidato o partido de su preferencia pero manifestando públicamente su inconformidad con los políticos a través de múltiples manifestaciones creativas y cívicas, que además no están prohibidas por el Cofipe. Algunos ejemplos podrían ser caminar rumbo a la casilla y formarse en la fila de votación con la cara tapada con una bolsa de papel con hoyos a la altura de los ojos, la cual, obviamente, tendrían que quitarse frente a los funcionarios de casilla y al votar, pero que se podrían volver a poner después de esto. Dicha práctica es ampliamente utilizada por los fanáticos de los equipos de fútbol de distintos países para mostrar su inconformidad con su equipo, sin dejar de ir a los encuentros deportivos; también se podrían pintar en las playeras “Voto bajo protesta” o frases similares. Otros ejemplos se podrían retomar de algunos ciudadanos franceses que en la segunda vuelta de 2002, para evitar que ganara el ultraderechista Le Pen, tuvieron que votar por el gobernante Jacques Chirac, a pesar de que […] se habían comprobado actos de corrupción en su administración y, para demostrar su descontento con Chirac, asistieron a las urnas con guantes y pinzas en la nariz.”
Estas ideas me parecen muy atractivas y llamarían la atención de los medios. Se vota pero se demuestra un cierto repudio a los partidos y a sus candidatos. Si la gente no acude a las urnas (abstención) o si anula su voto, beneficiará indirectamente a los gobiernos que tienen más recursos para influir en la orientación del sufragio, como lo está haciendo ya el Partido Acción Nacional con sus ataques al PRI (su principal competidor en esta ocasión), además de que no se notará ante la opinión pública. Los medios y el mismo IFE dirán que hubo una gran abstención (que no es excepcional en elecciones intermedias), y que muchos se “equivocaron al votar” por lo que sus sufragios tuvieron que anularse. En cambio, si se vota bajo protesta y se hace evidente el rechazo a los partidos y sus candidatos, éste no podrá ser manipulado y tal vez tampoco ocultado pues se trataría de una táctica que en México no tiene precedentes y por lo cual será noticia. No es lo mismo un acto privado (el voto es secreto) que una manifestación pública de descontento, de inconformidad y de rechazo.
Las propuestas del ciudadano Tonatiuh González, como me ha pedido que lo presente al preguntarle si podía citarlo, me parecen francamente adecuadas y las hago mías en este espacio. Son fáciles de llevar a cabo, son baratas y son efectivas ante la opinión pública nacional y extranjera.
Otra cosa es por qué partido votar. Si todas las baterías del PAN están dirigidas contra el PRI es por algo, no es un caprichito de Germán Martínez ni de Felipe Calderón. Quieren ganar la mayoría en las Cámaras de Diputados, tanto en la federal como en las estatales, además de las gubernaturas y presidencias municipales en juego. Esto es claro y el PAN está usando una táctica semejante a la de 2006 contra López Obrador (la llamada “guerra sucia”). Razón suficiente, que no única, para no votar por el blanquiazul ya que, además de corrupto, utiliza malas artes, incluso fraudulentas, para llevar a puerto sus políticas reaccionarias y oscurantistas.
La competencia entre el gobierno federal (PAN) y el del Distrito Federal (PRD) por demostrar reacción pronta y según ellos eficaz ante la contingencia por la influenza (para no repetir el síndrome del 85), también tiene visos de haber sido una maniobra con fines electorales, como lo demostraría el hecho de que se decretó el fin de las exageradas restricciones “sanitarias” a partir del 6 de mayo a pesar de que los contagios siguen en aumento y también el número de muertes (más en México que en otros países, aunque estadísticamente no sea significativo). El PAN, como ha sido evidente, ha querido demostrar –a través de Calderón– que lo hecho estuvo bien, tanto que el inquilino de Los Pinos incluso se autonombró “salvador de la humanidad”, aunque su “salvación” le haya costado al país un golpe más a su crítica economía.
FUENTE: http://www.jornada.unam.mx/2009/05/21/index.php?section=opinion&article=020a1pol
Los sin partido
Claudia Ruiz Arriola
Reforma / 22 Mar. 09
Leo que los jóvenes universitarios no quieren entrarle a los partidos y veo una luz al final del túnel. Nomás que, como el del chiste, no sé si es la luz de la esperanza o la del tren que nos va a llevar a la fregada. Digo, que la juventud no quiera sumarse a la tradicional marranería, corrupción e hipocresía de partidotes y partiditos es una excelente noticia. Pero que las élites universitarias que encuentran revulsivas las actuales prácticas de gobierno declinen el deber y derecho de reformar desde dentro a los partidos, también da miedo. Porque, nos guste o no, los partidos son pieza fundamental de la democracia representativa que hemos elegido como forma de gobierno, y si no los reformamos tendremos que prescindir de ellos (dictadura unipersonal) o dejar que sus filas se llenen de las peorcitas lacras sociales (¡'ai te hablan, Manlio!).
Obvio que nadie culpa a los chavos de no querer meterse en la cloaca de la "política", pues entrar en contacto con el poder es, por definición, contagiarse de una especie de lepra moral que al cabo de unos años deja hasta a las almas mejor intencionadas abotargadas y deformes (tipo señora con sobredosis de colágeno, aka Barbie Botox). Y es que las revoluciones devoran a sus hijos y hasta los más acérrimos críticos del poder, una vez instalados en él, ya no ven sus vicios tan malos. Traer credencial partidista hoy es sinónimo de haberle vendido el alma al diablo, con la desventaja de que Mefistófeles sí cumple las promesas a sus adeptos, mientras que en los partidos nadie te garantiza que no acabes de tapadera y chivo expiatorio de alguna transa del jefe.
De ahí que los jóvenes acierten al pensar que los partidos no son reformables y que resulta más eficaz invertir su talento y energías en el otro polo de la ecuación política: creando una cultura ciudadana. Necesitamos equilibrar el poder de los partidos con el de la ciudadanía, pues mientras no lo hagamos seguiremos viviendo en una tiranía. Y es que el poder de las tiranías, dice Aristóteles, se basa en tres pilares fundamentales: hacer que los súbditos piensen poco (¡y aquí llevan una ventajota...!), sembrar la desconfianza mutua entre los líderes de opinión y que -producto de la atomización ideológica y falta de pensamiento- las acciones conjuntas e inteligentes sean imposibles (Política, V, 11, 15). O sea, no por nada los partidos defendieron como gatos boca arriba sus privilegios mediáticos, pues la propaganda es un vehículo privilegiado para dividirnos, vencernos y mantenerlos a ellos en su perverso juego de poder sin límites (ese que en campaña promete "si me eligen, quito la tenencia" y luego nos sale con la burla de que por él la quitaba pero que -desafortunadamente- no es de su competencia).
Y es aquí donde quería yo aterrizar porque antes de ponernos a construirla quizá valga la pena clarificar qué es y con qué se come la ciudadanía, no vaya a ser que caigamos en esa sutil trampa de políticos que llaman "crear ciudadanía" a la defensa de sus sueños guajiros e intereses personales. Según la inspirada definición de Daniel Bell ciudadanía es, ante todo, "responsabilidad voluntaria por el hogar público". Es decir, ciudadanía es cuidar de la propiedad de uso común -transportes, parques, ríos, banquetas, etcétera- como si fuera propia. Es solidarizarse con causas que quizá no nos beneficien directamente, pero que ayudan a mejorar la calidad de vida de otros. Es aprender a llevar por cauces legales, pacíficos y constructivos las demandas contra autoridades corruptas, ineptas y negligentes. Y es, sobre todo, no dejarse comprar -individual o colectivamente- por los partidos políticos con soluciones rápidas y exclusivas (privilegios) a problemas comunes y de fondo (a mí que me den mi aumento y los demás háganle como puedan).
Es decir, crear ciudadanía es, sobre todo, crear comunidad y no destruirla con rencillas de clase, de ideología o de religión. Es aprender a luchar sin bandera, pues quien lucha con banderas espera el triunfo de los "suyos" para cobrar factura a los demás. Y es, a fin de cuentas, aceptar que en el estado actual de las cosas nuestro derecho a votar por el candidato que nos parezca menos peor nos hace corresponsables de su eventual triunfo y gestión, por lo que estamos obligados a exigirle a nuestro "gallo" tanto o más que si fuera nuestro peor enemigo. Porque sólo el día en que mayoritariamente dejemos atrás el maniqueísmo partidista que defiende las corrupciones de los suyos y le echa bronca por principio a los demás, y nos caiga el veinte que los políticos -del color que sea- no son la solución sino el 90 por ciento del problema, seremos ciudadanos y no lacayos de caciques o súbditos de las hiperchafas señorías de partido que nos gobiernan.

Acta por acta
Carmen Aristegui F.
Reforma / 20 Jun. 08
Una sociedad que busca democracia no puede darse el lujo de abandonarse al conformismo y renunciar a la verdad. El camino puede ser largo, fragmentado o sinuoso. Por eso cuando alguien hace esfuerzos para suministrar información, datos y elementos de juicio para conocer y comprender los asuntos que marcan a un país, no queda más que el agradecimiento, sobre todo si se trata de un trabajo minucioso, con rigor académico y esclarecedor de uno de los asuntos más relevantes que han sacudido a la sociedad mexicana como las elecciones presidenciales de hace dos años. Me sumo a quienes ya han escrito sobre la importancia de la investigación hecha libro de José Antonio Crespo: 2006: hablan las actas. Las debilidades de la autoridad electoral mexicana (Debate. Random House Mondadori. 2008). La investigación de José Antonio es un potente chorro de luz a una parte sustantiva del proceso electoral más confrontado de nuestra historia. Como buena realidad, es inabarcable en su totalidad pero, con el fragmento seleccionado para este examen, es suficiente para saber o ratificar hoy, con claridad, varias cosas. Una fundamental: el papel de las autoridades electorales fue catastrófico. Con benevolencia se puede hablar de ineptitud y falta de miras. Con ganas de que alguien rinda cuentas del desastre se puede hablar de responsabilidades tan graves que merecerían ser sancionadas. ¿En México nadie juzga a jueces y autoridades cuando su acción u omisión causa daños mayúsculos a la población? La responsabilidad del Tribunal Electoral (TEPJF) es enorme en su condición de última instancia. Simple y llanamente no cumplieron con su tarea fundamental para dotar de certidumbre al resultado final de una elección, en este caso una que -como nunca- polarizó, enfrentó y dividió a los mexicanos en un proceso que no ha logrado revertirse. Dos años después, México sigue lamiéndose las heridas. Un país cuya población sigue dividida entre los que piensan que se registró un fraude generalizado, que le robó la elección a Andrés Manuel López Obrador; los que afirman que Felipe Calderón ganó con un estrecho margen de 0.5 por ciento, pero que obtuvo un mandato legal y legítimo, y los que piensan que, después de lo ocurrido, no se puede saber con certeza quién ganó la elección.
¿Tenía que haberse anulado la elección presidencial de 2006? Sí. Con los argumentos que surgen a partir de este trabajo, no parece caber duda sobre ello. Anular una elección debe ser el último de los recursos pero, con lo mostrado por Crespo, queda claro que no se requería siquiera de una valoración subjetiva sobre los varios factores que contaminaron la contienda. Haciendo a un lado la irresponsable intervención de Fox, las campañas negras de unos y otros, los miles de spots en radio y televisión de origen desconocido, el dinero de empresas y empresarios que intervinieron ilegalmente en el proceso, por citar los elementos más conocidos y obvios que para muchos hubieran sido suficientes para invalidar el proceso. Con un solo elemento, Crespo demuestra que el tribunal estaba obligado a anular las elecciones por una razón fundamental que deriva de un ejercicio aritmético. El tribunal fue omiso en un asunto crucial en el que la ley lo obliga para anular. Ante la enorme cantidad de inconsistencias que se presentaban en las actas de escrutinio y cómputo -entre 800 mil y 2 millones, según los rubros comparados- el tribunal sólo atinó a decir que la mayoría de los votos irregulares encontraba plena justificación y los que quedaban no llegaban a afectar el resultado final. Eso, hoy lo sabemos, no fue cierto. Los magistrados o mintieron o se equivocaron, que cada quien escoja. El mérito de Crespo radica en que, incrédulo del dicho del tribunal, decidió revisar por su cuenta las actas oficiales en el número suficiente (la mitad de los distritos del país) para demostrar que los diversos errores e inconsistencias superaban en número a la diferencia de votos que había entre Calderón y López Obrador. Entre uno y otro hubo 233 mil votos. En el estudio de Crespo se comprueba que el número de votos irregulares fue del orden de 300 mil. Esa única razón obligaba al tribunal a declarar nulas las elecciones.
Crespo va desgranando, sin pasiones partidistas ni estridencia alguna, los significados de su trabajo. La conclusión mayor es, sin duda, que los mexicanos podemos afirmar que la verdad jurídica no corresponde a cabalidad con lo que empieza a ser ya la verdad histórica de lo ocurrido en 2006.
José Antonio se vale de una cita de Marc Bloch para ilustrar uno de los principales propósitos de su investigación y libro. Ajustar la historia de la elección de 2006 a la definición de este especialista: "El verdadero progreso en el análisis histórico llegó el día en que la duda... se hizo examinadora... cuando las reglas objetivas fueron elaboradas paulatinamente y permitieron escoger entre la mentira y la verdad". Crespo no sólo planteó las dudas sino que realizó el examen riguroso para conocer parte de la verdad de lo ocurrido en 2006.

¿Usted piensa votar?
Jorge Camil
La Jornada / 17-04-09
Con una elección nuevamente secuestrada por la señora Gordillo, convertida en factotum de la política nacional, y un Germán Martínez obcecado por la guanajuatización de México, ¿usted piensa votar? Lo felicito, va a ser de los mexicanos disciplinados que asistirán a las urnas por temor reverencial, como lo hicimos inútilmente durante la mayor parte del siglo pasado y lo que va del presente. Antes votábamos por las razones equivocadas: por obligación cívica, por disciplina, para dar buen ejemplo a los hijos, por inercia, porque creíamos en los ridículos rumores de que a los incumplidos se les negaría el pasaporte, o la licencia; votábamos quizá por gratitud con el PRI, que bien o mal nos proporcionaba en forma consistente paz social, infraestructura, respeto internacional, una economía estable y el privilegio de disfrutar nuestras calles y ciudades sin temor a jugarnos la vida.
Hoy, en cambio, hemos descubierto el voto útil y el “voto de castigo”, así que con ellos regresamos a votar años después por las razones equivocadas: para castigar los errores del partido en el poder o apoyar alianzas inconfesables, aunque con ello estemos castigando a una frágil democracia manipulada por asesores extranjeros y desprovista de ideología nacional.
Hoy votamos “a la gringa”, apoyando o rechazando candidatos mediáticos, cuando en el pasado casi todos votaban por el PRI, porque el PAN era un partido sectario para iniciados por el que votaban los católicos recalcitrantes, quienes décadas después continuaban lamentando las leyes que promovían la educación laica y prohibían (de nombre, al menos) la manifestación pública de los actos religiosos; los derechistas a ultranza, para quienes la política nacional estaba secuestrada por masones, descreídos, ladrones y comunistas.
El PRI ofrecía beneficios tangibles: hospitales, carreteras, escuelas y paz social. El PAN, en cambio, predicaba una ideología nebulosa basada en “valores eternos”; una democracia a la que sólo se llegaba, según la doctrina de los fundadores, tras “una brega de eternidad”. Así presentada, la democracia panista se parecía al reino de los cielos, adonde llegaban únicamente quienes se conservaban en estado de gracia. Pero como la política es de este mundo, y se traduce en acción y solución de problemas prácticos, los panistas jamás llegaban al poder. Se conformaban con seguir “educando” al pueblo en los beneficios de una etérea democracia que a la postre sería traicionada por Vicente Fox, y que hoy lamentablemente ponen al servicio de la señora Gordillo (¡los padres fundadores deben estar revolcándose en la tumba!). El neoliberalismo salinista mató al PRI de ideología revolucionaria, obrerista y solidaria con los intereses de las clases populares. Pero Fox lo enterró. Tras los excesos salinistas, Fox, astuto empresario de cuestionable cuño panista, interesado únicamente en los beneficios económicos del poder y asesorado por politólogos extranjeros, nos convenció de que era el momento de ejercer el “voto útil” y el “voto de castigo”. Así que nuestro primer ejercicio libre de ese derecho fue también por razones equivocadas.
Hoy, después del sexenio presidencial de la esperanza traicionada y las ilusiones rotas, y en medio de otro mandato panista que ha desatado una auténtica guerra civil para erradicar (¡menuda tarea!) el crimen organizado, algunos mexicanos se preparan a ejercer nuevamente el inútil voto de castigo. (Y en cuanto al avance de una guerra amorfa que cada día se parece más a la elusiva “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush, el domingo pasado Arturo Sarukhán reiteró en CBS que no somos un “Estado fallido”, pero reconoció que hay estados del país donde los turistas ciertamente corren peligro. Se olvidó de incluir a los mexicanos.)
La realidad es que tenemos una “democracia” que se traduce en la estéril libertad de votar, aunque otros escojan los candidatos y no se respete el voto ni se cumplan las promesas. Todos quieren ganar elecciones, pero nadie quiere gobernar. ¿El PAN sabe gobernar? ¿El PRI puede volver a gobernar? ¿Y el PRD, inmerso en el embrollo de las “izquierdas” (“nueva”, “unida”, ¡fracturada!), llegará a gobernar?
Yo, por lo pronto, me resisto a votar en julio por cualquier partido principal cuyos dirigentes suscriban alianzas con los “partidos confeti”. ¿Votar para perpetuar el redituable negocio personal de la familia del niño verde? ¿Votar por cualquier alianza con la que la señora Gordillo perpetúe su inusitado control tripartidista? (A propósito de la mujer a quien dos de sus biógrafos bautizaron como “doña Perpetua”, hay que leer la magnífica descripción que hace Luis Hernández Navarro (La Jornada 8/7/08) sobre las tácticas sindicales y políticas de la maestra, a quien él llama atinadamente Elba forever.) ¡Por favor!, no quiero saber a quién beneficie o perjudique mi abstinencia. Este 5 de julio déjenme en paz. Me quedo en casa ajeno a los chantajes del voto útil y del “voto de castigo”; ajeno a las obligaciones cívicas de un país que no ha encontrado la democracia y está perdiendo el rumbo.
http://www.jorgecamil.com/
FUENTE: http://www.jornada.unam.mx/2009/04/17/index.php?section=opinion&article=026a2pol
Viva lo de NEXOS!!!!!!!!
ResponderEliminarPor fin!!!!!
Hace muchos años que voto. Tengo 33. No estaba segura de que fuera generacional, pero aunque he ido a votar, generalmente voy y escribo PUTO EL QUE LO LEA. Creo que es la mejor expresión que puede resumir lo que siento y percibo de los partidos políticos.
Jamás he olvidado que desde muy niña escuchaba a mi padre y a mi abuelo decir que los políticos eran unos corruptos. Bienvenida al a madurez: tenían razón, siguen siendo una mierda. Yo no creo que ninguno de los que hasta hoy han puesto la cara me representen, pero creo en la democracia y tengo dos opciones que he aplicado.
La primera y más veces usada, es la de ir y anular mi voto. Siempre he pensado que lo que yo voy a escribirles representa un: YO NO ME SIENTO REPRESENTADA Y NO CREO QUE SEAN LA MEJOR OPCION. Si además puedo mentarles la madre o decirles putos, pues qué mejor. Depende del humor: puedo ir y dejar todo en blanco, o tardarme hasta 10 minutos escribiendo lo que pienso de ellos en la boleta por los dos lados.
La otra opción ha sido el voto útil. Lo usé cuando Fox para sacar al Pri, y lo hubiera hecho con López Obrador si no hubiese perdido mi credencial. Y en ningún momento me sentí representada por ninguno de los dos, pero como cuando no hay de otra, hay que buscarle los pies al gato.
Nunca me he sentido representada en el gobierno, de ninguna manera, y no es sólo que quiera que traigan agua a mi parecela. Porque yo lo que quiero no es que me vaya bien a mi solamente, quiero que le vaya bien a mi país. Aunque con las opciones que ponen, pues ni a dónde mirar. Unos por un extremo, otros por el otro.
Creo que gobernar debe ser una de las tareas más difíciles, porque no se puede tirar sólo de un lado olvidando el otro. Siento que los nombres que hasta ahora han estado en las boletas, no son objetivos y realistas, sino empoderados.
Entiendo tanto que la izquierda sea la opción y confío en ello, pero también comprendo a la perfección a quien odia que le dejen la calle llena de basura las marchas.
No sé si es generacional, pero yo creo que no puede haber un sólo sistema que sea LA VERDAD. De hecho, siempre he sentido bastante infantil a quien así lo cree. Recuerdo a mis tías setenteras diciendo que Cuba y Marx y la revolución era la verdad. También a sus hermanos buscando el confort económico y pagar las colegiaturas de sus hijos. Ni Cuba ni Estados Unidos son el reflejo de lo mejor del mundo. Dos sistemas colapsados. Creo sería un poco más maduro pensar en algo inclusivo, que además, sea capaz de adecuarse a las necesidades.
Lipovetsky tiene tanta razón cuando representa a mi generación: hijos de los que creían que iban a cambiar el mundo con una sola propuesta. Mucho más incluyentes, menos radicales, y a lo mejor menos inocentes. A ver cómo me salen los hijos a mí.
Por lo pronto quiero decir que anular un voto es la mejor forma que hasta ahora he tenido para manifestar lo qeu siento: NO ME CONVENCEN. YO LES PAGO (porque yo si pago mis impuestos) ASÍ QUE TRAIGAN ALGO QUE LLAME MI ATENCION. Esto claro, es la traducción de la deliciosísima e inteligente frase PUTO EL QUE LO LEA.
Bueno, pues démonos a la tarea de promover esta propuesta (anular el voto y, de paso, recordarles algún detalle a las ratas oficiales, como las del comentario anterior). Esta indignación la sentimos aproximadamente el 70% de los mexicanos; solo les voy a dar un ejemplo de lo que sucedió en las pasadas elecciones en el estado de Oaxaca, cuando eligieron (yo no voté) diputados locales: solamente dos de cada diez votaron por los que hoy son diputados y le cuidan la espalda al asesino, corrupto y nefasto Ulises Ruiz Ortiz.
ResponderEliminarJUSTICIA, LEGALIDAD Y TRANSPARENCIA, son conceptos desconocidos por los políticos mexicanos; malditos, malditos todos ellos.
Ulises Ruiz Ortíz, Mario Marín, hijos de Martha Sahagún, y un largo etc, ¿no han sido casos suficientes para que el mexicano comprenda que los partidos políticos son incapaces de ofrecernos aquellas tres virtudes?
CANCELEMOS NUESTRO VOTO