viernes, 3 de agosto de 2012

El Democrático

ARCHIVO HEMEROGRÁFICO

El Democrático (*)

 


Pretextos y emociones

El último pretexto que tenía era que no le encontraba nombre a la columna. La he hecho por varios años y pues, con la modestia aparte, tengo que reconocer que no me sale tan mal, incluso alguien ya me dijo que tengo oficio. Eso estimula y emociona y pues aquí me tienen otra vez a bordo de este camioncito.

La democracia es la utopía

Como no quiero discutirlo mucho, sólo digo que el nuevo nombre de la columna siempre se me hizo pretencioso y por eso me negaba aceptarlo. Quería mantener la idea de la nave en que todos viajamos y en la que todos caben, pero el mote popular para llamarle así a los camiones (el democrático) siempre me ha gustado. Creo que nadie lo es perfectamente y ésta (la democracia) parece ser la más evidente utopía de fin de siglo. No lo es el propio camioncito y mucho menos este conductor. Esa es la franca aspiración de cualquier ciudadano en el umbral del siglo XXI. El Democrático es pues, como ese más claro deseo que nos puede hacer caminar de nuevo, a todos.

Y es que el problema central de este país, es el asunto de la democracia política. Creo que eso es lo que está o debería estar siempre en primer lugar en la vida de cualquier ciudadano normal en la coyuntura histórica actual del país y el mundo, porque justamente el asunto de la democracia política se convierte ahora en la utopía, no obstante las interpretaciones, las inevitables diferencias. El caso es que muchos de los problemas de este país se derivan de la falta de democracia política, en muy amplios niveles.

Los caminos de la utopía

Es cierto, todo parece indicar que "el país está cambiando" y de que los logros más aclamados se suponen son los de orden político, por ejemplo la ciudadanización del Instituto Federal Electoral y de sus correspondientes estatales. El espíritu de estas reformas tiene que profundizar en liberar al organismo electoral del gobierno, de la presencia del poder ejecutivo y se permitan en todo caso las condiciones para que, en efecto, se puedan organizar y calificar las elecciones con democracia, con justicia, con imparcialidad. Eso estuvo en juego en 1997 y 2000.

Pero creo que el asunto de la democracia política vá mucho más allá a algo tan ajeno -como lo es el voto universal y secreto- para una población abstencionista, pobre, desempleada y sin credibilidad en el régimen político actual. Creo que los retos en materia de democracia política para el hombre de este fin de siglo deben empezar en su casa, en su habitat más inmediato. Y vemos también que esta democracia tampoco existe.
Sin democracia no opera la planeación urbana

Me refiero a la democracia en la ciudad, en la colonia, en el barrio. Tampoco existe. Nunca antes como en la ciudad la gente estuvo tan cerca una de otra, y nunca antes fue tan ajena, tan individualista, tan separada. Estoy en la certidumbre de que la ciudad no puede paliar sus problemas con la democracia formal realmente existente, pero ello tiene que ser así: los problemas de la ciudad se resuelven con democracia y no técnicamente. La planeación urbana y todo el "estado de Derecho" que se ha vertido sobre la ciudad no solamente no opera, se viola impunemente todos los días porque, precisamente, no existe la democracia.

El caso es que la ciudad también está en crisis y la vemos crecer inexorablemente, caótica, contaminada, conflictiva, destructiva. Y planes van y planes vienen para la ciudad y no se afronta nunca el asunto de la democracia política. Los tecnócratas siguen creyendo en sus modelos y siguen aplicando sus fórmulas y evitan ligar el asunto de la planeación con el de la democracia. ¿Hasta cuándo?

Para muestra basta un botón

El gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas en el DF, igual el de Zedillo y Fox en el país, no aluden a la planeación como imperativo de la acción pública como antes rezaba el discurso oficial. Mucho menos se alude el de la democracia política directa de los ciudadanos y las organizaciones sociales en la planeación de la ciudad como seprometía ambiguamente en las campañas. Ni con participación ciudadana para pintar las banquetas como lo hace la administración perredista; ni llamando a la movilización como lo pretende el exdiputado Marcos Rascón, se logra la democracia y la planeación en la metrópoli azteca, y vaya que en ello tendría que creer el ingeniero.

La ruta está abierta

El chofer de El Democrático tiene preferencia sobre las rutas a seguir (por eso no cobramos, sólo se reciben bonos), pero en ese afán de llamarnos y querer ser así les hacemos saber que se aceptan propuestas. Tenemos preferencia debido a los caminos recorridos anteriormente. Ellos nos determinan y nos indican rutas, pero estamos abiertos. Queremos, como dice el poeta, hacer parada en todas las estaciones (y no es albur).

La imagen del camión

Me gusta la imagen del camioncito desde hace rato. Me produce sentimientos con los que me identifico plenamente. No es precisamente lo que queremos, pero podría ser lo menos peor. Al menos feo por eso lo aceptamos, lo llegamos a querer.

En realidad considero al camión (al transporte) como una necesidad perentoria, pero eventual y prescindible históricamente y por lo pronto lo tenemos que aceptar. Eso nos vuelve tolerantes. Como ser de este mundo sometido a las circunstancias sociales, lo reconozco, si pudiera me compraría un automóvil (reconocer el error es buen comienzo para resolverlo), pero también, como muchos otros, si hubiera un buen servicio de transporte colectivo (y una ciudad segura, justa, educada, etcétera, etcétera,), yo tomaría el camión.

Sin embargo, el transporte será prescindible porque la ciudad del futuro tiene que ser reapropiada por y para la especie humana, y no exclusivamente, por ejemplo, para el automóvil (de ahí mi intolerancia hacia medidas urbanas que sólo toman en cuenta al automóvil y, claro, también a la "planeación urbana" cuando dichas medidas tengan que ser avaladas en su momento por las autoridades).

Me gusta la imagen del camioncito por muchas otras razones, entre ellas, su sentido popular. La imagen de la colectividad viajando en una misma nave. La responsabilidad compartida. Su capacidad y volumen siempre dan la sensación de que cabemos todos y con todo. La unidad soportada por una colectividad. La sensación de la colectividad, de la democracia. Algo tiene el camioncito.

Una ciudad ideal

Quiero decir, en otro sentido, que el blanco de mis críticas hacia la ciudad parten de una ciudad ideal y no precisamente funcional (que lluevan los adjetivos). No creo en una ciudad funcional de aquí y ahora porque soy de los que no creen que ha llegado el fin de la historia. Soy más optimista y pienso pues, que la ciudad del futuro inmediato nos debe hacer prescindir del transporte, de los viajes diarios. Que una planeación urbana a escala humana tiene que contemplar las capacidades y necesidades fisiológicas de locomoción y desarrollo biológico y reproductivo en general de la especie que habita las ciudades. Una ciudad cuya orientación en todo caso nos permita prescindir de esa aberración humana que es el automóvil, los viajes largos en posición sedentaria, tensa, rígida, neurótica y demás conductas modernas que tienen que sufrir cotidianamente por horas enteras los habitantes urbanos, la mayoría de este país. Ello es una verdadera desviación histórica.

Una ciudad ideal debe contemplar las zonas de vivienda cerca de la escuela, el mercado, las fábricas, los centros de trabajo con objeto de permitir a cada quién una de las actividades humanas más cotidianas y más sanas: caminar. Es una utopía que eventualmente puede lograrse, pero pensar así para ubicarse en la ciudad puede ser mejor que entregarla para que sea devorada por los automóviles, sin duda, uno de los mejores representantes del neoliberalismo individualista en los "soportes físico-materiales de la vida social".

El automóvil: aberración de la especie humana

El hombre común todavía no repara en las nefastas consecuencias del automóvil. Cada vez se registran más los estragos cometidos por este terrible depredador. Aparte de los atentados cotidianos que en aras del automóvil se cometen contra el patrimonio cultural (histórico y monumental) y ecológico, hay que recordar que éste sigue representando una de las principales causas de la contaminación, de la inversión térmica, del agotamiento de los mantos freáticos por la construcción de vialidades impermeables, de múltiples enfermedades y causas de mortalidad. La ciudad y la arquitectura moderna están siendo condicionadas en extremo en su diseño y funcionamiento por el automóvil. Tiempo y espacio en función de uno de los más grandes fetiches de la humanidad. No es posible seguir permaneciendo indiferentes ante el depredador del siglo.


(*) Columna que apareció en el diario Noticias de Oaxaca entre los años 1995 y 1998.

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